Los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción».
La democracia no se sostiene solo en normas y procedimientos sino en una 'relación leal con los hechos'. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente al totalitarismo. Cita memorable de Hannah Arendt: los súbditos ideales del totalitarismo no son los ideológicamente convencidos sino aquellos para quienes ya no existe distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso.
Pieza filosóficamente sólida. La cita de Arendt (de Los orígenes del totalitarismo, 1951) tiene resonancia contemporánea inquietante. Lo que la encíclica nombra es algo que ha estudiado bien la academia: el efecto político del cansancio epistémico no es el adoctrinamiento sino el cinismo generalizado — la sensación de que 'todo es relativo, todo es propaganda'. Cuando esa actitud se generaliza, el poder no necesita convencer; solo necesita confundir. Es el patrón que describen Steve Bannon ('flood the zone with shit'), Peter Pomerantsev (Nothing is True and Everything is Possible, 2014), Anne Applebaum.
Conceptos relacionados
Referencias cruzadas
- ↩ §132 la verdad como bien común relacional
- ↗ Hannah Arendt — Los orígenes del totalitarismo (1951) fuente clásica sobre la lógica del totalitarismo