La desinformación no surge con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador.
La IA acelera la crisis de la comunicación pública. La desinformación no es nueva — la IA es 'multiplicador potente'. Tesis editorial fuerte: la verdad tiene dimensión racional (verificación, fuentes, argumentación) pero es más profundamente relacional — se construye con vínculos de confianza y prácticas compartidas. No nace de control centralizado ni automatizado. Solo la búsqueda compartida de la verdad como bien común funda comunicación justa.
La distinción 'verdad racional / verdad relacional' es filosóficamente fina. Captura algo que la fiebre por 'fact-checking automatizado' tiende a olvidar: la confianza no se reduce a verificación técnica. Una sociedad puede tener acceso a todos los hechos verificados y aun así carecer de bases para creerse mutuamente — porque ya no comparte prácticas comunes de búsqueda. Resuena con literatura sobre 'epistemic trust' (Onora O'Neill) y crítica al 'solucionismo tecnológico' (Evgeny Morozov).
Empíricamente, la afirmación se sustenta: estudios sobre deepfakes (Vaccari & Chadwick 2020), sobre amplificación algorítmica de polarización (Bakshy/Messing/Adamic 2015 sobre Facebook; trabajos recientes sobre TikTok), sobre el costo del fact-checking en su efectividad limitada (Walter et al. 2020) — todos confirman que el problema no se resuelve solo con más verificación técnica. Las propuestas más sólidas (Aviv Ovadya, Renée DiResta) combinan herramientas técnicas con cambios estructurales en arquitectura de plataformas y educación cívica.