De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma.
Tesis fuerte: el colonialismo tiene rostro inédito digital. No domina cuerpos sino datos. Territorios periféricos atravesados por nueva extracción: flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos, datos demográficos. Estas son las 'nuevas tierras raras del poder': informaciones vitales que entrenan modelos predictivos, orientan inversión, anticipan crisis y seleccionan quién y qué importa. Quien posee datos sanitarios de poblaciones tiene palanca estructural sobre el futuro. La cuestión moral más urgente: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio. Sin eso, 'la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma'.
Pieza editorialmente fuerte. La encíclica nombra con precisión un fenómeno que la academia está empezando a teorizar como 'data colonialism' (Couldry & Mejias 2019), 'cyber-colonialism' o 'AI colonialism'. La extracción de datos sanitarios de países pobres bajo pretexto de ayuda/investigación es realidad documentada — desde investigaciones genómicas en África sin consentimiento adecuado hasta apps de salud que recolectan datos exportados sin retorno. La frase final 'no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma' es categórica: identifica un patrón estructural, no una contingencia.
Casos documentados: Cambridge Analytica recolectando datos electorales en África (Sudáfrica, Kenia, Nigeria) y Latinoamérica para experimentos no permitidos en países de origen; biobancos de poblaciones africanas con datos genómicos en manos de instituciones del Norte; apps de cuidado de salud reproductiva en India con datos almacenados en EE.UU. sin protecciones equivalentes. Propuestas alternativas: data sovereignty (Te Mana Raraunga en Aotearoa), CARE Principles for Indigenous Data Governance, propuestas de datos como commons del Open Data Institute, regulaciones de localización de datos en India y otros países del Sur global.