Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla.
Tesis pedagógica decisiva: educar en el uso de la IA implica educar para decidir cuándo NO usarla. La rapidez y facilidad de respuesta riesgan apagar el deseo mismo de preguntar. Cita a Platón sobre cómo lo profundo solo se aprende 'frotando conceptos como pedernal' hasta que salta la chispa. Hay que proteger a los jóvenes de 'la sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita'.
Pieza muy fina. La crítica no es 'prohibir la IA en educación' (postura reactiva) sino formular el problema correctamente: el problema no es la IA, es la erosión del deseo de comprender por uno mismo. Cuando la respuesta llega gratuita, el músculo de la pregunta se atrofia. Es la misma estructura del GPS y la atrofia del sentido de orientación, multiplicada para todas las facultades cognitivas. Estudios sobre 'cognitive offloading' (Storm et al.) respaldan la preocupación.
El debate actual sobre IA en educación oscila entre dos extremos: prohibición total (algunas escuelas, NYC en 2023 luego revirtió) y adopción masiva ('AI tutors for everyone' tipo Khan Academy + GPT). La encíclica propone una tercera vía: enseñar discernimiento sobre cuándo usarla y cuándo no. Esto requiere repensar evaluación (¿qué se evalúa cuando todos pueden usar IA?), pedagogía (¿cómo se evita la atrofia del esfuerzo cognitivo?), arquitectura del trabajo escolar. La pregunta es legítima y el campo está empezando a abordarla.