Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña […] sino que es un don que la precede y la excede.
Tesis central de la antropología cristiana: hombre y mujer creados 'a imagen y semejanza' del Dios trinitario (Gn 1,26-27). Cada persona es 'hecha constitutivamente para la relación'. La dignidad NO depende de capacidades, riqueza, rol o decisiones — es 'un don que la precede y la excede'. La persona humana es 'el camino primero y fundamental de la Iglesia' (Juan Pablo II, Redemptor Hominis) y el corazón del desarrollo humano integral.
Este párrafo contiene la tesis antropológica que sostiene toda la crítica posterior a la IA. Si la dignidad depende de capacidades, riqueza, rol o decisiones, entonces es 'natural' que alguien con menos capacidades (cognitivas, productivas) valga menos — y entonces toda métrica que clasifique a las personas por rendimiento sería legítima. La encíclica rechaza esta lógica de raíz: la dignidad es don anterior a toda métrica. Esto tiene aplicaciones directas a sistemas de scoring crediticio, algoritmos de selección laboral, métricas de productividad, IA aplicada a evaluación humana — cualquier sistema que derive valor de la persona desde sus outputs opera contra el principio fundacional de la DSI.
La crítica conecta con literatura técnica sobre harms de los sistemas algorítmicos de evaluación: Virginia Eubanks (Automating Inequality, 2018), Cathy O'Neil (Weapons of Math Destruction, 2016), Safiya Umoja Noble (Algorithms of Oppression, 2018). Todas estas autoras documentan cómo sistemas que tratan a las personas como conjuntos de métricas terminan reproduciendo y amplificando discriminación estructural. El principio de la 'dignidad como don' no resuelve la ingeniería de estos sistemas, pero da el criterio para juzgarlos: cualquier diseño que confunda la persona con sus outputs es éticamente inadmisible.