La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio.
Núcleo cristológico de la Conclusión. La carne del Hijo —pobre y vulnerable— evoca la carne de los despojados de dignidad: los pequeños, los ancianos, las víctimas. El don de la paz no es abstracción; entra paradójicamente vía la cercanía a la fragilidad. La 'verdadera humanidad' se realiza en apertura y comunión — eco directo de la antropología del Cap. III (§99 sobre qué no es la IA: la falta de cuerpo, de relación, de conciencia).
Pieza teológicamente compacta y poderosa. La conexión 'carne del Hijo / carne de los despojados' es la mejor formulación de la opción preferencial por los pobres aplicada a la era IA: no son los modelos abstractos los que orientan la fe sino la atención a los cuerpos vulnerables — los etiquetadores en Kenia, los niños en minas de cobalto, los menores expuestos a manipulación algorítmica. La encíclica une lo que el cap. IV había nombrado en clave socio-económica con su raíz cristológica en la Encarnación.