Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo.
Argumento conceptual fuerte: eliminar totalmente el dolor exigiría apagar también el amor y el deseo. Quien ama y desea no puede evitar atravesar la prueba; las 'cicatrices' que quedan son memoria del camino entre libertad y caídas, sueños y decepciones. Solo en ese entramado se realizan las 'maravillas interiores' que nos hacen humanos. Renunciar a esta aventura dramática y espléndida 'en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos'.
Una de las formulaciones más bellas del argumento contra la 'superación del límite' que ofrece el capítulo. Es una intuición filosófica profunda: el deseo está estructuralmente vinculado a la falta — si pudiéramos lograr todo y no faltarnos nada, no tendríamos deseo, y sin deseo no habría amor ni búsqueda. El dolor y el amor comparten raíz vulnerable. Esto resuena con tradición filosófica diversa: Levinas sobre el rostro del otro como interpelación; Ricoeur sobre el sí mismo como otro; el budismo sobre el sufrimiento como condición; los románticos sobre la herida creativa. La encíclica usa el argumento con sobriedad y sin sentimentalismo.
Maravillas interiores: expresión que evoca la tradición espiritual cristiana de las 'consolaciones' (cf. Ignacio de Loyola en los Ejercicios espirituales) — experiencias interiores de plenitud que surgen no como recompensa por evitar el dolor, sino tejidas con la entera trama de la experiencia, incluyendo sus fracasos y heridas. El cristianismo no propone una vida sin dolor sino una vida atravesada por el amor que asume el dolor en clave de gracia.